Institucional

«Lo mejor del amor» por Amadeo Inzirillo

Antes de comenzar quiero aclarar mi condición de periodista para dejar en claro que los que vivimos de ésto, en teoría, tenemos una mirada distinta para hablar ciertos temas. Un privilegio que, se supone, nos pone en un lugar de privilegio por sobre los cotidianos de la charla de asado, la de la fila de la verduleria, la de la espera en el banco.

Soy periodista y trabajo también de mi profesión, algo que a esta altura, con los medios de comunicación dinamitados, es un privilegio. Hace unos pocos días me fui de uno de mis trabajos en el Club Alemán. Cuando entré, hace seis años, jamás imaginé que me iba a encariñar tanto con una institución que no es la mía.

De pibe fui al Jockey Club y fue el Jockey el club que marcó mi vida. De ahí son mis amigos de siempre, ahí se pusieron de novios mis viejos y jugué mi primer partido de fútbol. En Alemán no. En Alemán yo fui a trabajar después de presentar un proyecto de prensa ante unos directivos que me miraban raro alrededor de una mesa de vidrio.

Por eso hay una diferencia entre ambos. Por el pasado, básicamente, que es ese lugar único e irrepetible al que uno busca escapar para recordar momentos inmortales. Hace unos días me fui, no me echaron, al contrario, fue una de las decisiones más difíciles de toda mi vida. Por el cariño, por la gente que conocí, por los momentos vividos. Momentos de grande, que son igual de importantes a aquellos de antes, cuando todavía no lo era.

Crucé el molinete sin conocer a nadie y volví a pasarlo cargado con un montón de caras amigas. En el medio pasaron un millón de partidos, de asados y de cafés con sabor a vainilla con el Fer Trifiletti (otra de las enormes alegrías). En el medio hasta me casé, con la persona que más amé en mi vida, también en el club. Ella juega al hockey en Yerutí, yo soy del Jockey, pero sellamos uno de los momentos cumbre de nuestras vidas en esa terraza que da, primero al jardín, y un poco más allá, a la pileta.

Entré, no siendo un chico pero casi, a cubrir varios deportes que no había visto en mi vida. Yo soy futbolero, y como tal, el resto no importa demasiado. Pequeño error. Mi rectora me dijo en el último año de mi Facultad: “En esta profesión lo que menos vas a cubrir va a ser fútbol”. Cuánta razón tenía.

Todavía recuerdo ese primer día por el camino de piedras que lleva para las canchas de tenis. Miré de reojo no una, sino dos veces, a la carpeta de hockey sobre césped de arena que queda al final este del predio, contra la calle Estrada. Será la parte más difícil de todo, pensé, la de caer bien en ese mundo que me era ajeno. Otra vez la equivocación.

Alemán me regaló, principalmente en el hockey sobre césdped, todo. Amistades, viajes, campeonatos, salidas. Coincidiendo también con un equipo único, memorable, que ganó lo que se le puso enfrente y me hizo volver a sentir ese cosquilleo letal mientras una final se define en la tanda de penales.

Fue mi gran amor durante toda mi estadía allí, al punto de recibir varios llamados de atención porque no le daba la misma importancia a los otros deportes. Quizás tenían razón. Quizás no, seguramente la tenían, los directivos al costado de la mesa de vidrio, el Fer Trifiletti.

Me gusta definirla como amor a mi historia con esa banda de pibes. Cada uno con lo suyo, respetando su estilo y sus tradiciones. Es difícil aceptar a un tipo que viene de otro lado, con sus mañas, y ellos me hicieron sentir uno más, siempre. Por eso no quería dejar mi trabajo de periodista en el Club Alemán, por la hija de puta razón de no seguir disfrutándolos en el día a día. Porque la rutina te pasa por arriba y te obliga, no a perderlos, pero si a verlos cada tanto, cuando antes los tenía cada domingo al alcance de mi mano.

Este texto no es sobre mí, aunque no parezca, pero quería tomarme la licencia de ocupar los primeros párrafos a modo de despedida, una especie de autohomenaje para poder releerlo cada tanto. Nadie me llamó para despedirse, pienso que por esa hija de puta razón que recién mencionaba de la vorágine de la rutina.

En realidad tenía la intención de hablar de mi relación de amor con el Club Alemán, que es distinto. Quería recordar el título, las locuciones en las fiestas del deporte, los mates al costado de alguna cancha, los clásicos (casi siempre triunfos) ante Vistalba. Todo eso que se condensa en amor en estado puro y que guardo en un anaquel de mi galería de recuerdos, todos perfectos, todos inolvidables.

De todos esos hay uno que es diferente. No digo mejor, tampoco peor, diferente. De él quería hablar en realidad aunque llevo 803 palabras redundando sobre mí y una historia que no le interesa a nadie, pero ya dije que esto era una especie de autohomenaje, por eso tengo ciertas licencias.

La noticia en realidad la sé hace mucho. Me la contó él mismo, mientras la recibía al otro lado del país. Estaba en un corte del noticiero y justo venía su entrevista telefónica para rememorar el debut en el seleccionado mayor de hockey sobre césped nacional. Me quedé en silencio. Me putearon del control, me puteó el productor, el asistente.

Podría haberla contado, en esa manía de mierda que tenemos los periodistas para encontrar antes que nadie las primicias. Ahí fue cuando, por fin, entendí todo. Fue en ese preciso instante donde tenía que saludar al chico de la tapa, al héroe que acaba de hacer su bautismo en Los Leones. La luz del estudio me pegaba en los ojos, encegueciéndome por completo. No me salió nada, me quedé en un silencio absoluto. Solo atiné a volver a mandar un corte ante, otra vez, los insultos desde el control.

Ahí entendí todo. Esa pequeña y letal diferencia entre un jugador y un amigo. Mauro Coria es ambas, pero para mí, mucho uno que lo otro. Por eso el silencio. Por eso la no nota. ¿Para qué? ¿Para ganar qué?

Entre tantas emociones apretujadas siento impotencia, sobre todo. Una impotencia enorme que a veces es amargura, otra desazón y cada tanto tristeza. Porque no a mí, un tipo que vive de periodista deportivo y juega al fútbol con los amigos los lunes a la noche? Porque no a su papá, que apagó sus deseos de futbolista hace mucho y ahora no se cuida en las comidas? Porque no a sus hermanos, que darían todo por cambiar los estudios de lugar y vivían este sueño casi como protagonistas principales de la historia? Porque no al portero, al presidente, al de la cantina o alguno de los ochocientos tipos que juegan al hockey como otros hacen funcional en la semana? Porque la vida es tan hija de puta de arrebatar deseos de cosas imposibles? ¿Por qué?

Empecé diciendo que por ser periodista deportivo, se supone, tengo algo distinto para medir a los protagonistas, o al menos eso se supone, o eso creemos, que es peor. Bueno, voy a tomarme la última licencia como prensa del Club Alemán, aunque la renuncia ya está en la mesa de vidrio de la Comisión Directiva, para agradecerle a Mauro Coria.

Por hacerme encantar con un deporte prestado, por dejarme maravillar con cada una de sus fintas, por cada definición de penales como si fuese una boludez mientras al costado todos moríamos de los nervios. Pero más que nada gracias por todo lo otro. Todo lo que no ocurre adentro de una cancha, y que por suerte, los que te queremos podremos seguir disfrutando en cualquier asado en ese quincho de club. En mi pasajera y única relación con el Club Alemán eso fue lo mejor del amor. Todo eso.

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