Hockey

La casamiento está en orden

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Alemán fue trasnochado y sin dormir a jugar la finalísima con Vistalba por la boda de Valencia y le dio el si al título. Hasta que la muerte los separe…

Foto: Gentileza Emmanuel González.

Me dijeron que Alemán acaba de salir campeón del torneo local, creo que este es el Trasandino, no sé, pasa que ya se me armó bolonqui con tantos campeonatos diferentes que hay por ahí. Me lo acaba de buchonear un tipo cincuentón al que le desborda la alegría.

Yo estoy en la cancha, perdido en lo alto de la gradas, tomando mates con un amigo de toda la vida que no veía hace mucho. Ni me enteró que pasa allá abajo. Hay camisetas negras y otras amarillas que corren en una carpeta azul. Primero hay gol de los Negros (si, de Alemán, tampoco hay que ser un erudito para darse cuenta). Al rato hay uno de los otros. El tiempo pasa, los cuartos también. La cosa es empate y hay penales, por lo que pispeo de reojo. Es que la charla con este amigo de toda la vida que no veía hace mucho es más importante para mí que un partido de hockey.

Que se entienda: a mi me pagan por cubrir el partido. Es decir, yo ganó unos pesos por irme hasta el Estadio y después volcar lo que pasó en una nota. Por eso debo ver el partido como el periodista que soy, más siendo una final. Por respeto a la profesión y a la gente que confía en mi, sueldo mediante.

Esta vez no me hace falta. Es que todo lo que podía entender sobre ese equipo lo viví en carne propia en el casamiento del Changa. Ahí me di cuenta que estos pibes ya eran campeones. Es cierto, algún realista me codeó en más de un pasaje del evento e intentó meterme algo de miedo: «¿Así van a jugar una final mañana estos muchachos?», me tiraron. Y yo un poco que dudé, porque a la barra iban todos y no a buscar Gatordade señorita.

Y en algún momento lo miré al profe (al gran Martín Domínguez. Gracias por volver) y le hice ese gestito de «Inventá algo porque esto se va a la mierda» y él me levantó los hombros como diciendo: «Qué querés que haga? Lo bueno es que al ser de día van a poder dormir algo». Que excusa berreta ahora que lo pienso en frío eso de que iban a dormir algo, si no pararon de soñar en todo el semestre.

Pero en un pasaje de esa tarde-noche inolvidable entendí que estos pibes ya eran campeones. No puedo dilucidar cuándo: si en la ronda con los saltos, si en ese cantito de «un Negro con un porrón» con el que vienen robando hace 10 años o cuando el Lucho lo subió a los hombros al capitán y todos lo siguieron desde abajo al ritmo de alguna cumbia noventosa.

En algunos de esos muchos pasajes entendí todo: la vuelta estaba ahí, en las caras amigas, en los abrazos interminables, en el llanto (sollozate algo Changa, no seas boludo), en el sinfín de brinids con las copas que no son para vitrinas. Ahí, en eso que es amistad, que acá llegó por un club, que más que un club es la casa de cada uno. Por «ese águila que llevan en la piel» que dice mucho más que un simple escudo.

El título está inmortalizado en esas historias que van a repetir en las sobremesas de asados de ese quincho que otra vez se va a tener que bancar los golpes en los vidrios mientra suena el «Dale campeón». Y ya me imaginó el facebook con mensajes de todos los vecinos mandándolos a la mierda por tanto batifondo.

Después me dijeron que hubo un partido, donde los Negros hicieron un gol, donde los amarillos empataron y donde la cosa se definió en penales. Y en esa lotería que son estos benditos australianos la cosa no es suerte pero se le parece demasiado. Ahí también fueron campeones estos pibes. Bah, eso me dijeron.

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