Hockey

Falta envidia y trucos

toti

El Mago Coria se lleva la varita a Buenos Aires para continuar maravillando en GEBA. Se sentirá el deleite que sorprende a propios y extraños y el hockey que regala en cada partido. Hasta la vuelta, fenómeno

Empezó el partido sentado en el banco de suplentes, quizás, el lugar que peor le sienta en el mundo. Con sus hermanos afuera, su papá en la tribuna y todos sus amigos adentro. Jugó un rato, casi parado, tiró alguno de sus chiches habituales y apenas gritó los goles de Alemán a Alemán.

Su cabeza estaba en otro lado, en lo que vendrá en su vida disfrazada de jugador de hockey cuando empuñe la valija y viaje otra vez hacia Buenos Aires para jugar en el nivel principal del país. A Mauro Coria las sensaciones le trajinan por dentro. Sale de la cancha en cada cambio mirando la punta de sus botines sin tirar un «Tirri» al pasar a algún desprevenido de por ahí. Apenas se acerca a ver cómo está su cumpa Arata, el «Sucio», como lo llama, cuando a Dito se le revienta un diente. No mucho más.

Toti tiene un desafío por delante enorme en su viejo conocido GEBA aunque le duele en cierto punto dejar atrás su casa. Si le dieran a elegir, él se quedaría a vivir en esa cancha de arena que se ve desde la calle, jugando con los nenes de inferiores, pintándole la cara a los grandotes de primera. Pero allá, al otro lado del país, están los sueños de Leones y los flashes del primer nivel del hockey del país.

Acá, el deporte le quedó chico, lamentablemente para nosotros, los que lo disfrutamos de un costado. La rompió en inferiores y en la Gloriosa Intermedia con cero años hasta que asomó los rulos en el primer equipo. Y de repente, los más experimentados empezaron a notar que la cosa venía enserio. Al principio alternaba, hasta que su magia hizo el resto y no salió más.

Fue al seleccionado casi por la ventana y fue el mejor jugador de Mendoza. Hizo goles de todos los colores, se gambeteó hasta los conos y un día decidió volver a irse. Allá, a donde juegan los mejores, donde hay partidos televisados y canchas de agua por doquier. Toti quiere jugar en la elite no atender un negocio de Sushi y hacia ese sueño va. Lo esperan sus cumpas del club: Carli, Perro, Gudi. Lo espera la gloria…

Acá, de este lado del mundo, se queda su barrio, sus olores, su familia, su otra casa, tal cuál las acomode. Nos deja en la retina un sinfín de jugadas apiladas en los anaqueles de la memoria, algunos campeonatos y una ponchada de goles. Gracias por eso, Maestro. Gracias y hasta la vuelta.

 

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